martes, 10 de septiembre de 2013

Ricitos de Oro y los tres Osos (cuento) . Para el inicio de clases.

Había una vez tres osos que vivían en su
casita en medio de un bosque. Eran el
Papá Oso, la Mamá Osa y el Osito.

Cada uno tenía su propio plato para
comer: un plato grande para el Papá Oso,
un plato mediano para la Mamá Osa y un
plato pequeño para el
Osito.

Tenían tres sillas para sentarse: la silla
grande para el Papá Oso, la silla mediana
para la Mamá Osa y la silla pequeña para
el Osito.

Cada uno tenía una cama para dormir: el Papá Oso tenía una cama
grande, la Mamá Osa tenía una cama mediana y el Osito tenía una cama
pequeña.

Un día prepararon una rica sopa. Como estaba muy caliente, la pusieron
en los platos y se fueron a pasear por el bosque mientras la sopa se
enfriaba.

Mientras los osos estaban paseando, llegó al lugar una niñita que se
llamaba Ricitos de Oro. Ella vio la casita en medio del bosque y le gustó
mucho. Cuando vio que no había nadie, empujó la puerta y entró.

Cuando vio los platos de sopa encima de la mesa se puso muy contenta,
pues tenía mucha hambre. Primero probó la sopa del plato grande, que
era del Papá Oso, pero la encontró muy caliente. Luego probó la sopa
del plato mediano, la de Mamá Osa, pero estaba demasiado fría. Y por
fin probó la del plato pequeño, la del Osito, que no estaba fría ni caliente,
sino justo para su gusto. La encontró tan rica que se la comió toda.

Entonces Ricitos de Oro buscó una silla para sentarse. Primero se sentó
en la silla de Papá Oso, pero era muy dura. Luego se sentó en la silla de
Mamá Osa, pero era demasiado blanda. Al fin se sentó en la silla del
Osito, que no encontró ni dura ni blanda, sino justo para su gusto. Pero
se sentó con tanta fuerza, que la silla se rompió y Ricitos de Oro cayó al
suelo.

Ricitos de Oro entro al dormitorio de los tres osos y como tenía mucho
sueño decidió acostarse. Primero se acostó en la cama del Papá Oso,
pero la almohada era demasiado alta. Luego se acostó en la cama
mediana, pero la almohada era demasiado baja. Finalmente, se acostó
en la cama pequeña, que encontró a su gusto y enseguida se durmió.

Mientras tanto regresaron a la casa los tres osos. Venían con mucho
apetito.

- ¡Alguien ha probado mi sopa! –dijo el Papá Oso con voz ronca.

- ¡Alguien ha probado mi sopa! –dijo Mamá Osa con voz suave.

- ¡Alguien ha probado mi sopa... y se la comió toda! –dijo el Osito con voz
chiquitita, y comenzó a llorar.

Entonces los tres osos fueron al dormitorio. Al entrar, el Papá Oso vio la
almohada en medio de la cama y dijo con voz ronca:

- ¡Alguien se ha acostado en mi cama!

- ¡Alguien se ha acostado en mi cama! –dijo también la Mamá Osa con
voz suave.

- ¡Alguien se ha acostado en mi cama... y todavía está durmiendo aquí! –
gritó el Osito con su voz chiquitita.

Ricitos de Oro se despertó y cuando vio a los tres osos saltó y salió por
la ventana. Corrió y corrió por el bosque lo más rápido que pudo. Y los
tres osos no la volvieron a ver nunca más.

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